No necesitamos juegos educativos, sino educadores que puedan jugar

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Todos los videojuegos son educativos, sin excepción. Todos enseñan cosas útiles, ya sean idiomas o técnicas de resolución de conflictos. Puedes aprender a reírte con Monkey Island, a soportar la soledad con Elite o a dominar el arte de la diplomacia con Civilization. Call of Duty y Grand Theft Auto rebosan de dilemas morales y muestran las bajezas del ser humano. The Stanley Parable es una clase magistral de ironía y metanarrativa. Dear Esther da cuerpo a la poesía contemporánea. Journey enseña el misticismo. Y así hasta agotar el catálogo de juegos. Incluso de Carmageddon pueden sacarse lecciones vitales.

Pero el propósito de los juegos no es enseñar, sino entretener. La enseñanza es un efecto colateral positivo, no el objetivo central. Lo mejor que saben hacer los videojuegos es estimular la curiosidad y facilitar la transferencia de habilidades al mundo real, exactamente como ocurre con los juegos de siempre. Los videojuegos educativos, en cambio, son aburridos y fracasan porque a menudo ponen el acento más en los contenidos educativos en sí que en la diversión y la exploración libre del conocimiento. Como dijo hace poco un experto, “los juegos educativos compiten contra Angry Birds”.

04-07-2015 15-18-05

Cuatro de cada cinco videojuegos usados en las aulas americanas son “educativos” (fuente)

Los videojuegos están entrando en los colegios, pero no pueden hacerlo solos, ni tampoco empujados por áridas leyes educativas. Son los maestros quienes han de traer el videojuego al aula y tratarlo como un medio de enseñanza más. Iniciativas como Minecraft Education solo funcionarán si el profesor se implica con el juego tanto como el alumno, hasta el punto de formar parte de la comunidad de desarrollo. Sin embargo, casos como el de los docentes que amenazaron con denunciar a los padres que dejan a sus hijos jugar al Call of Duty muestran lo lejos que estamos de tener escuelas videolúdicas.

En el informe Level up learning, Lori Takeuchi y Sarah Vaala hacen hincapié en la necesidad de que todos los actores involucrados, desde los desarrolladores hasta los políticos, trabajen juntos para mejorar la integración del videojuego en el aula. Es una buena recomendación, pero cabe añadir que no basta con comprar pantallas y mandos para llegar a esa integración, sino que a veces hay que plantear cambios en el modelo de enseñanza: mientras que el fomentado por los videojuegos es cooperativo, el que predomina en las aulas es jerárquico. ¿Deben los profes ganar a sus alumnos al Street Fighter? Lo dudo.

No, la psicología no es una ciencia

Esa frase ya no me molesta. Es más: la repetiré todas las veces que haga falta, porque es el martillazo que la psicología necesita para avanzar. Lo digo como amante de la ciencia, pero sobre todo como psicólogo.

Durante años intenté rebatir esa frase con energía, pero la única conclusión a la que llegué todas las veces es que la psicología es una ciencia débil. Y eso solo puede decirse de una parte de la psicología. El resto es indefendible, sea cual sea la definición de ciencia empleada. Pero a diferencia de Vaughan Bell, que dice que la psicología no siempre es una ciencia (y no pasa nada), creo que el estatus de ciencia a medias hace más mal que bien. No solo daña el conocimiento, sino también las personas.

Porque el problema de la psicología como ciencia no es epistemológico, sino social.

El motivo por el que las instituciones llaman “ciencia” a la psicología -y la presentan como “ciencia de la salud”- es evidente: otorga una pátina de seriedad, e incluso desbloquea fondos estatales cuando las cosas van bien. Pero la psicología, al menos la que se enseña y practica en España, no merece ese apelativo, y no porque no haya gente que haga ciencia en su seno -que la hay, y muy buena-, sino porque la comunidad de psicólogos no actúa ni comunica como una comunidad de científicos.

El conocimiento de metodología y estadística es un ejemplo de lo que quiero decir. Es el área más odiada de la carrera. Quienes estudian psicología con la intención de convertirse en jefes de recursos humanos, terapeutas o pedagogos, la perciben como una tortura, un obstáculo en su camino. Lo mismo ocurre con las neurociencias, o con la psicología experimental. En lugar de querer ser un científico, el aspirante a psicólogo desea convertirse en un ejecutor ignorante de técnicas misteriosas.

El resultado de años de laxitud es que muchos de los que practican la psicología en España tienen un bagaje científico escaso o nulo. Los tratamientos que se aplican son a menudo refritos de filosofía, pseudociencias y tratamientos ineficaces. El colegio oficial de psicólogos cierra los ojos ante esto. En cuanto a la recién creada Academia de Psicología de España dudo que coja el toro por los cuernos, porque es un toro demasiado grande, pesado y lucrativo. Y porque la inercia universitaria es enorme.

A los neurocientíficos y psicólogos experimentales que intentan hacer ciencia en medio del erial que es la psicología española, les diría que buscasen asilo en otras disciplinas y en otros países. Muchos, de hecho, ya lo hacen. Deben hacerlo porque el estatus de la psicología como ciencia no puede sustentarse en el esfuerzo de un grupo aislado. Es mejor dejar que el barco de la psicología se hunda con su cargamento de contradicciones que apoyar indirectamente a colectivos dañinos.

El escenario ideal sería que los colegios profesionales, refugium peccatorum de charlatanes y gente que pasaba por ahí se refundiesen, y que la psicología como carrera se fragmentase como en el mundo anglosajón, en grados para cada gran rama. Prefiero que la psicología pierda financiación y sea echada de la universidad a que la farsa actual siga su curso. Y no importa si lo descrito ocurre también en otras disciplinas aplicadas: el “y tú también” no es un argumento válido.

Necesitamos más que nunca que la psicología sea una ciencia fuerte y bien conectada con las demás. La solución pasa por admitir que la psicología, tal y como se enseña y practica en España, no es una ciencia, y por reconstruirla a partir de una sana y tenaz autocrítica. Pero quienes han de emprender el proceso somos los psicólogos mismos. Si no lo hacemos, la única voz crítica seguirá siendo la de Paul Lutus.

Sentarse y sangrar

De vez en cuando un amigo o un familiar me pregunta por qué no escribo más. Mi respuesta es siempre la misma: porque no me apetece. Cuando contesto eso, la otra persona suele mirarme con extrañeza. No puede imaginar que alguien que escriba por trabajo no quiera estar haciéndolo hasta dormirse con la nariz entre las teclas, o que no aproveche los ratos libres para rellenar Moleskines como un maníaco.

Es como si le preguntaran a un leñador qué hace que no está deforestando una colina en su tiempo libre, que tala que da gusto y se nota que es un artista de la motosierra. O a un deportista profesional por qué no se pasa todo el día corriendo, que se le da tan bien y con esas piernas de galgo seguro que devora millas sin darse cuenta. Si igual hasta corre mientras duerme, el muy jodío, que es una liebre. Ja, ja.

Son preguntas que parten de una misma falacia, la de la pasión. Si alguien hace algo bien, piensan los neorrománticos, es que le apasiona su trabajo. Y si le apasiona, debe de estar haciéndolo a todas horas, pues fijo que es una fuente de placer inagotable. Se imaginan al escritor como un tipo conectado las veinticuatro horas a una vía de morfina que libera una dosis a cada párrafo completado.

A mí escribir no me causa placer. Prefiero ocupar mi tiempo con otras cosas, como leer o hablar con gente interesante. Solo escribo cuando lo que tengo en la cabeza necesita salir. O cuando creo que un texto puede resolver un problema. Eso incluye la supervivencia: escribir me da de comer, y cuando vuelvo a casa tras ocho horas de escritura a sueldo, no me apetece seguir dándole a la tecla.

Porque escribir es duro. Todos sabemos juntar palabras, pero eso es como sacar cubos de magma de un volcán y dejar que se enfríen hasta convertirse en truños basálticos. Escribir bien, en cambio, es como forjar una espada: hay que golpear el metal una y otra vez hasta conseguir una hoja afilada. Solo unos pocos privilegiados pueden ponerse delante de un teclado y escupir perfección al primer intento.

Como ya han dicho algunos, no me gusta escribir, sino haber escrito. Rara vez lo que escribo me satisface al rato de haberlo publicado; han de pasar días o semanas para que su lectura me parezca tolerable. Si hay una forma alternativa de sacar los pensamientos de mi cabeza, como hablar en público, sacar una foto o crear un mapa 3D, la prefiero. Porque escribir, para mí, es sentarse y sangrar.

Como el mochuelo de Atenea

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El ave de Minerva no emprende el vuelo hasta el oscurecer (Hegel)

Eres Apple: tienes una masa de usuarios leales, con alto poder adquisitivo, y que están a la expectativa de que lances cosas nuevas que funcionen con lo que ya tienen. Los competidores inventan, prueban, fracasan; Apple observa, ve lo que funciona y lo que no, coge lo que considera más válido y lo mejora. Luego, se lo da a sus fieles. Porque puede. Porque nadie le presiona para ser original. Y porque el coste de una decepción temprana, para Apple, es más alto que el coste de una innovación que llega tarde.

Comentario original en Incognitosis

Fundación y Windows

The Galactic Empire Was Falling.

It was a colossal Empire, stretching across millions of worlds from arm-end to arm-end of the mighty multi-spiral that was the Milky Way. Its fall was colossal, too – and a long one, for it had a long way to go.

-Isaac Asimov (Fundación e Imperio)

Como el Imperio Galáctico de Fundación, Windows se está derrumbando. Lleva muriéndose desde que la computación saltó del PC a otras plataformas, hasta volverse ubicua. Empezó a resquebrajarse con la aparición del iPhone y de los primeros Android, y con el abaratamiento de las conexiones móviles. Los golpes de cola, bajo la forma de Windows 8 y Metro, no han hecho sino empeorar la situación. Hoy la mayoría de personas acceden a la red desde el móvil y pasa más tiempo en el navegador que en el Escritorio. El software clásico y su distribución están en crisis. Las nuevas apps están en las tiendas oficiales, cotos cerrados y lucrativos. El dinero y el interés de los usuarios se mueve en otros lugares.

Es un derrumbe lento porque se trata de un imperio enorme: un quinto de la población del planeta usa Windows a diario. Si las cosas se quedasen como están, con Windows 8.1 y Windows Phone separados, el sistema operativo de Redmond sobreviviría a lo sumo una década; se apagaría al cabo de dos o tres Service Packs y desaparecería de la mayoría de dispositivos. Nadie tomaría el relevo. La galaxia del Escritorio quedaría irremediablemente fragmentada en decenas de distribuciones de Linux, sabores de Android híbridos, versiones de Mac OS universales. Hasta que, tras una larga contienda, apareciese el heredero de Windows. O tal vez no. Lo más probable es que no.

¿Debería importarnos la caída de Windows? Sí, porque los efectos de la edad oscura que la sucederían serían desastrosos. Cuando una tecnología importante muere, las habilidades asociadas pierden valor. La muerte de Windows tiene el potencial para arrastrar consigo millones de puestos de trabajo, de dejar en la estacada una generación de personas que no conoce otra cosa, que fuera del botón Inicio se siente como un pez fuera del agua. No basta con ofrecer alternativas: la inercia del Imperio es demasiado grande. La interfaz de Windows 10, con esa mezcla de conceptos viejos y nuevos, es la demostración de lo difícil que es cambiar el rumbo. Es una solución de compromiso, la última carta de Microsoft.

En este símil asimoviano, Windows 10 es la Fundación Enciclopédica de Hari Seldon, el intento de preservar lo mejor de Microsoft y adaptarlo a nuevos tiempos. La compra de software destacado -Minecraft, Wunderlist- y la decisión de ofrecer la actualización gratis huelen a desesperación, a regalo sospechoso. Es una trampa, pero bien intencionada: Microsoft apuntala Windows con lo mejor que está a su alcance para atraer a la mayor cantidad de usuarios posible. No es un lanzamiento, sino una operación de salvamento. En este sentido, Microsoft está actuando como una ONG tecnológica a escala global. Quiere evitar la caída desastrosa del Escritorio a toda costa.

Si Windows 10 fracasase, si la migración de cientos de millones de usuarios hacia un modelo diferente no tuviese lugar, la trinchera digital se agrandaría y décadas de “milagro Microsoft” se perderían en algún archivo de abandonware. Nos quedaríamos con modelos demasiado complejos o demasiado cerrados. Así que no os sorprendáis si el año que viene Microsoft liberase todo el código fuente de Windows: hay mucho más en juego que las ventas de Office o de los móviles Lumia. Si Windows cae, perdemos todos.