Efecto Piqué Todos podemos hablar de tecnología

Me alegra saber que Gerard Piqué escribirá sobre tecnología para la nueva revista de El Mundo. Con 11 millones de seguidores en Twitter (45 si contamos a Shakira), su alcance es mucho mayor que el de cualquier medio de tecnología en español. Cuando aconseje cambiar contraseñas o bajar apps, su mensaje tendrá más eco que las notas de prensa de Microsoft o Google. Y no estamos ante un profano: Piqué es un empresario de videojuegos que ha participado activamente en el desarrollo de su producto, Golden Manager.

Javier Gómez, que ha elegido Piqué junto con otra docena de grandes nombres, ha sido muy inteligente. Ha demostrado que los medios tradicionales, con su capital y reputación, todavía tienen un enorme poder de llamada, pues son capaces de atraer firmas que los medios digitales, en el mejor de los casos, solo consiguen entrevistar una vez (y da gracias). Gran parte de la conversación aún se lleva a cabo en papel. Ya solo por esto los que escribimos aquí deberíamos darnos un generoso baño de humildad.

Hay otro motivo para alegrarse: el nombramiento de Piqué reduce la distancia entre las TIC y el usuario normal. Es más sencillo conectar con una estrella del fútbol que con el empollón remozado que abunda en los sitios de tecnología —¡me incluyo!—. Hablar de tecnología no debería ser coto exclusivo de nadie, ni siquiera de los que llevamos en Internet desde el principio. La tecnología es cultura y pertenece a todos.

Ahora que Piqué ha abierto la veda, espero ver a más personas —famosas y no tanto— unirse al coro y hablar de tecnología en español. Lo necesitamos más que nunca.

United States of Amazon

Las de 2016 fueron las últimas elecciones libres. Ese año ganó Donald Trump por amplia mayoría, y aunque a vosotros que me leéis desde el pasado os pueda parecer un desastre, su presidencia no fue peor de lo que llegó cuatro años después, cuando Jeff Bezos compró el gobierno de los EEUU por la simbólica cifra de un dólar y lo disolvió ipso facto para reemplazarlo con Amazon Plato3. Cuando os disteis cuenta de lo que estaba pasando en Seattle ya era demasiado tarde para intervenir. Estabais distraídos mirando las noticias sobre el desplome de la economía China, la guerra Ruso-alemana y el catastrófico cierre de Google.

La compra del Washington Post solo había sido el principio. Mientras las startups luchaban por el poder espiritual de los Estados Unidos, por retazos de una visión que cambiara el mundo, Amazon se hacía con el poder temporal, el de verdad. En 2019 Amazon ya controlaba el 85% de las ventas al por menor, el 75% del mercado editorial y la práctica totalidad del sistema logístico del país. Seguía sin tener beneficios, pero no importaba: un año después pasó por caja. El 1 de septiembre de 2020, Jeff Bezos apareció en todas las televisiones para anunciar que iba a tomar las riendas del país, lastrado por el mandato destructivo de Trump.

La primera semana las redes sociales se llenaron de comentarios sarcásticos y memes.

Entonces Bezos, que no apreciaba las bromas, apagó el continente durante 48 horas.

Cuando digo apagar me refiero a la clase de apagón divino que Klaatu provoca en Ultimatum a la Tierra: Bezos ordenó a Amazon suspender de inmediato las entregas de todo tipo de mercancía. Medio millón de drones de paquetería entregaron toneladas de panfletos donde se detallaba el plan de Amazon para salvar América, a la vez que los Kindle se activaban para bajar el documento y mantenerlo en pantalla. Al apagar su nube de datos, muchas apps y servicios dejaron de funcionar. Con apps y sitios web caídos, los ciudadanos intentaron llamar por teléfono, solo para descubrir que ya no había función para ello.

Con Google fuera de combate (Trump había enviado tanques a Mountain View en 2016) la única empresa que se opuso a Amazon fue Apple, que con su plataforma independiente y el control de Tesla y el resto de periódicos podía mantener todavía un cuarto del país en pie. Lo que Apple no sabía es que el principio del fin había sido su decisión de bloquear anuncios en el iPhone: la crisis que resultó de aquello condujo al cierre y fragmentación de los medios digitales, lo que fortaleció los canales clásicos, muchos de los cuales ya eran propiedad de Bezos. Apple le había regalado el megáfono.

El 3 de noviembre, día de las elecciones, Bezos ganó por mayoría absoluta. El ejército, privatizado durante el mandato de Trump, juraba lealtad a su nuevo CEO. En lugar de leyes, dijo Bezos en su discurso de nombramiento, el nuevo gobierno emitiría algoritmos para elegir representantes locales, solucionar disputas y sugerir qué estudiar, en qué trabajar y con quién formar pareja. El sistema, llamado Plato3, entró en funcionamiento a las pocas horas de emitir el discurso. China, gobernada por Jack Ma, CEO de Alibaba, anunció el mismo día la puesta en marcha de Confuc10, su proprio software de eGobierno.

Por desgracia no puedo contaros más. Os envío estas palabras desde el año 2047. Estoy en el centro de Detroit, que ha sido convertida en ciudad-almacén. El dron de supervisión volverá en unos minutos, y si me pilla escribiendo en la consola de taquiones de atención al cliente, seré degradado a mozo de tráfico de órganos. Tan solo quiero que sepáis qué pasará y que os preparéis en consecuencia. Y la próxima vez que hagáis clic en “Añadir a la cesta”, por favor, preguntaos qué monstruo estáis alimentando…

Por favor, seguid pidiendo móviles baratos No tiene sentido seguir hablando de gama alta vs. baja

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Le tengo muy poco aprecio a la prensa tecnológica que se pone de parte de la industria. Primero, porque la industria no necesita defensores, sino críticos. Y luego porque la industria —hablamos de Apple, Google, Samsung— tiene suficiente dinero como para hacer periodismo de marca, en lugar de enviar notas de prensa y sentarse a esperar a que los reporteros las reescriban.

Hay excepciones. Por ejemplo, los artículos de Alex Barredo: aunque a veces no comparta su punto de vista, debo decir que sus análisis están bien construidos y ejemplifican bien el pensamiento de las marcas. Son artículos que van mucho más allá del alegato fanático. Sobre todo, invitan a reflexionar; esa es quizá su mayor virtud en un mar de fanboyismo.

Un artículo suyo que merece la pena leer es Por favor, seguid comprando móviles de 1.000 dólares. En él se defiende la existencia de los móviles de gama alta como mecanismo de financiación de la gama baja, una suerte de filantropía derivada del consumo de bienes de lujo. Según el autor, la gama alta, fruto de un costoso I+D, baja luego en cascada hacia los pobres. Es la vieja teoría trickle-down.

Si hoy en día existe el smartphone de €70 es gracias al Nokia 9000, al iPhone, al Galaxy Note, o a las subvenciones de terminales de alta gama por parte de Verizon o DoCoMo

A un apasionado de los motores, el argumento le sonará. Si la gente compra coches de Ferrari y Porsche, esas tecnologías punteras se verán luego en los Fiat y Volkswagen del mañana. Si hoy tenemos ABS de serie, cambios automáticos y asientos ergonómicos es gracias a todos los coches de lujo que se vendieron antes. La gama alta, pues, sería el motor de la innovación.

Esto es probablemente cierto para fabricantes como Samsung, que construyen terminales de alta calidad y luego cuentan con una hueste de modelos mediocres que se nutren de partes desechadas y ensambladas sin fantasía. Pero no es el caso de Motorola, cuyo Moto G es el equivalente en móvil de un Volkswagen Beetle: un móvil original, asequible y funcional.

La misma noción de gama alta me parece atacable. El ejemplo típico es el iPhone. ¿Qué es gama alta? No se define por sus especificaciones, pues hay móviles más potentes que el iPhone. No se define tampoco por el precio, pues hay móviles más caros. ¿Entonces qué significa realmente? Nos lo dice Robert Harley, en un artículo de Stereophile de 1991:

What distinguishes a high-end from a mass-market product is the designer’s caring attitude […] To the high-end designer, electronic or mechanical design isn’t merely a technical undertaking—it’s an act of love and devotion

No es necesariamente lujo, ni tampoco potencia. Es respeto por el consumidor. La “gama alta” debería llamarse “gama ideal”, pues permite disfrutar plenamente de una tecnología. Por eso un iPhone es un producto de éxito: más allá de un símbolo de estatus es una herramienta que funciona muy bien. Es la experiencia deseada por los conocedores.

La gama alta financia la gama alta; no se sigue que los móviles para el tercer mundo sean un producto del mercado de lujo. Para que la tecnología alcance a todos los estratos de la sociedad, para que se vuelva universal y accesible, es necesario un tipo de voluntad distinto. El motor de una gama aceptable y funcional —que no baja— no es el lujo, sino la necesidad.

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¿Tenemos el Xiaomi gracias a Apple? ¿O porque la gente lo pide?

En cuanto a la estabilización, esta es una etapa normal y deseable del desarrollo tecnológico. Estamos cerca del momento en que los móviles serán productos tan comunes como los teléfonos fijos. El mercado no morirá, sino que dejará de ser el centro de la histeria informativa. En lugar de móviles hablaremos de otras tecnologías. Y eso es bueno.

No tiene sentido seguir hablando de gamas altas y bajas. Como comenta Ben Thompson, siempre habrá un segmento superior para quien quiera algo más. Más importante todavía, la calidad del segmento inferior seguirá subiendo, porque el consumidor pobre no es tonto. La batalla importante se está dando en otro sitio: en el software (“software matters“). Deberíamos hablar de esa.

Así que, por favor, seguid comprando móviles de calidad aceptable. Seguid quejándoos cuando no funcionan. Seguid exigiendo mejores precios, mayor calidad y más software. Pero no compréis móviles de 1.000 euro a menos que no haya una alternativa mejor: dejad que la industria espabile.

El bit que envejece ¿Qué pasará con nuestros recuerdos digitales?

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If we can’t make memories, we can’t heal

—Leonard Shelby (Memento, 2000)

Envejecemos. Nos lo acaban de recordar los veinte años de Windows 95. Tecnologías que ocupan gran parte de nuestro tiempo se convierten en imágenes de baja resolución, máquinas de museo y arte reciclado. Como una generación de primeros nacidos, descubrimos al fin la senectud, y con ella un sinnúmero de interrogantes: ¿nos entenderán nuestros hijos cuando les hablemos de ventanas, memoria insuficiente y lag? ¿Qué les mostraremos cuando nos pregunten cómo nos casamos gracias a una app? ¿Qué recuerdos tendremos a nuestro alcance para mantener viva la memoria si todo lo que usamos será reemplazado por algo diferente y a menudo incompatible?

Envejecemos a la vez que el mundo digital que ocupamos se apaga y desaparece para siempre. Pronto contaremos batallitas de lugares que ya no existen. Miraremos móviles y ordenadores rotos con nostalgia, menearemos la cabeza cuando nos muestren los enésimos remakes de juegos ochenteros, y todo lo que quede de nuestros escarceos amorosos serán fragmentos de logs rescatados de un correo electrónico. Los únicos recuerdos fáciles de recuperar serán los que las empresas consideren explotables: recuerdos derivados, infectados por publicidad o disponibles previo pago. La monetización del pasado ya está en los roadmaps de Silicon Valley.

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Un fotograma de Memento (2000) con un ligero retoque…

La mayoría no nos preocupamos de esta erosión mnemónica. Vivimos inmersos en un presente que se renueva a sí mismo a golpe de service packs y migraciones, mientras los recuerdos se degradan y quedan atrapados en archivos ilegibles y servidores muertos. Solo unos pocos héroes, como los arqueólogos de Archive.org, se afanan en preservar los enseres de nuestras chozas digitales. Con la misma falta de preocupación de una cultura que se limita a subsistir, vivimos sin conservar el pasado. Pero el recuerdo no es un lujo, sino un elemento importante de nuestro bienestar psicológico. Sin recuerdo, no podemos construir nuestra identidad. Sin recuerdo no hay historia posible.

Como sugiere Jason Scott, archivista e historiador de Archive.org, es un buen momento para empezar a digitalizar todo lo que está a nuestro alcance. Pero al mismo tiempo deberíamos preocuparnos de que todo lo digital que hemos producido a lo largo de estos años se conserve en buen estado en las décadas venideras, sin que quede atrapado en las jaulas de formatos privativos y empresas que nos tratan como un producto. A veces ese esfuerzo incluye convertir lo digital en analógico, como narra el documental District Zero, en el que refugiados sirios piden imprimir fotos rescatadas de sus móviles dañados.

Algún día me gustaría poder leer este mensaje a sabiendas de que mis recuerdos no desaparecerán en un pulso electromagnético o en el cierre del GeoCities de turno. ¿Lo conseguiré?

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