Banderas

Facebook me invita a teñir mi foto con los colores de la bandera francesa. A pesar del afecto que siento por Francia y por mis amigos franceses, no voy a hacerlo, como tampoco lo haría con la bandera italiana si el atentado hubiese acontecido en Roma.

Preferiría izar una bandera que pusiese “soy humano”. La francesa, como la americana o la rusa, ya no representa una causa, sino una amalgama de sentimientos e intereses con los que no puedo identificarme. La nación francesa, para mí, es una incógnita.

Decimos “hoy soy francés” muy a la ligera. Hay gente que lo ha gritado durante décadas y ha sido ignorada o discriminada. Otros lo dicen con orgullo, pero luego se apresuran a callar los que consideran indignos de ser miembros de su país.

El mundo no necesita más divisiones, ni tampoco símbolos antiguos en los que refugiarse para dejar de pensar. Lo que el mundo necesita no lo sé, pero sé que no es una bandera.

Cómo saber si no eres un estratega de contenidos Y de paso cómo saber si no eres un buen profesional de la era digital

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Si me preguntaras a qué me dedico, la respuesta más sencilla sería “escribo”. Sin embargo, escribir es solo una parte —muy dura— de lo que hago , y a menudo ni siquiera la más importante. Si me pidieras detalles, te diría que “ayudo a los productos a comunicar mejor”. ¿Más? Añadiría que me encargo de la gestión de los contenidos, de la parte verbal del diseño o del impacto económico de las palabras. Todo esto podría sonarte tan esotérico como si te dijese que superviso la ionización de los isotopos del tantalio. Dejémoslo en que escribo.

Ahora bien, en mi tarjeta no pone “Escritor”, sino “Estratega de contenidos“, que es una forma pomposa y muy americana de decir que llevo la sensibilidad de quien escribe a lugares donde hasta ahora el texto solo se consideraba relleno, y su creación, un coste innecesario. En una red plagada de sitios que se expresan como un robot roto, mejorar su lenguaje es tan importante como hacer que vayan rápido. Un producto que no sabe hablar está destinado al fracaso: si una empresa se da cuenta de eso, querrá darme de comer (o eso espero).

El estratega de contenidos, decía.

Como ocurre con la mayoría de profesiones digitales, no es fácil dar una definición de lo que hace un EC. El nombre no ayuda, pues evoca la imagen de un mariscal prusiano espoleando una estantería como si fuese un corcel. Lo que es no lo sabe nadie excepto quien practica la disciplina. Hay intentos de definiciones, como este de aquí o este otro, pero ninguno me satisface. Se quedan a medio camino o bien barren para casa. También interfiere el humo corporativo, que obliga a mostrarse seguro de uno mismo, so pena de no ser contratado.

En verdad no sé lo que soy. No me importa. Solo sé lo que quiero y cómo quiero hacerlo.

Lo que me ha animado a escribir sobre el tema ha sido un interesante post de Gaby Prado. El artículo da una definición negativa de lo que es el diseño de UX: no dice lo que hace un diseñador, sino lo que no hace y no dice. La definición negativa me parece una solución brillante para explicar un concepto; en lugar de añadir piezas, esculpes hasta obtener la imagen ideal. La que obtiene Gaby es la de un profesional versátil y autoexigente. Alguien a quien la palabra “UX”, de hecho, le da bastante igual mientras pueda trabajar de lo suyo.

Una lista referida a los estrategas de contenido podría ser como la que sigue.

No eres estratega de contenidos si:

  • Crees que la EdC solo va de escribir textos bonitos, sin planificación ni coordinación
  • Piensas que un sistema de gestión de contenidos (CMS) resolverá todos tus problemas
  • No quieres escribir ni tampoco estás dispuesto a ensuciarte la manos con el contenido
  • No quieres hablar con programadores, diseñadores, marketing, atención al cliente…
  • No haces preguntas incómodas sobre el contenido (por ejemplo, al CEO de la empresa)
  • No quieres hablar de dinero y el impacto económico del contenido no te interesa
  • Pasas más tiempo diseñando una estrategia perfecta que escuchando a las personas
  • No te gusta educar ni tampoco explicar conceptos básicos a quien lo necesita
  • Pasas textos a programadores y diseñadores sin pensar en sus necesidades
  • Crees que la estrategia que has creado y aplicado no requerirá revisiones constantes
  • No usas datos para fundamentar tus decisiones y prefieres ir por instinto o seguir tu libro
  • Crees que se trata de un tipo de marketing, olvidando que toda la empresa genera contenidos
  • Crees que por tener “estratega” en el nombre estás en un puesto directivo
  • Le das demasiada importancia a tu título o a tu diploma

Compara la lista con la de Gaby. ¿Notas el patrón? En efecto, ambas listas se parecen mucho, y la razón, a mi entender, es bien sencilla: lo que en ambos casos estamos describiendo de manera negativa es un profesional de la era digital.

Que se dedique al diseño o a la escritura poco importa: lo que tienen en común un buen UX designer y un buen content strategist es una forma de trabajar en la que priman la comunicación, la honestidad y la flexibilidad. La mentalidad empírica hace que prestemos más atención a datos y casos que a lo que dicen los gurús. Los job titles solo sirven como herramienta comunicativa. Porque de romper muros va la cosa. La productividad moderna consiste en hablar con las personas con respeto y buenos argumentos. Si no eres capaz de crear esa conexión, tampoco podrás ser un profesional de lo tuyo.

Las redes silenciosas

Hablo con los muertos todos los días.

Hay tantos. Tengo 394 contactos en Facebook y están todos muertos. La última en irse fue Sofía, una amiga del instituto. Ya no recuerdo la última vez que nos vimos en persona. Hay una invitación suya de Candy Crush que descansa desde hace cuarenta y siete años en mi bandeja de entrada, pero no la he abierto; es lo único «vivo» que me queda de ella. Eso y las actualizaciones automáticas de su noticiero digital, que nunca se desactivó y sigue publicando listas idiotas cada viernes. Quién hubiera dicho que BuzzFeed nos sobreviviría. «27 razones para leer artículos hechos por algoritmos cuánticos». Mierda…

Me cuesta dejar este lugar, este cementerio social. Hay tantos recuerdos aquí. Han pasado tantas cosas. Un día me puse a mirar actualizaciones pasadas y solo conseguí llegar hasta 2052; el navegador se cerró de repente al cambiar de año. De haber habido alguien en mi casa, no habría visto otra cosa que mis dedos artríticos acariciando el aire encima del holopad durante horas, y mis ojos húmedos mientras contemplaban fotos antiguas. Hay diez petabytes de mi vida almacenados en esta cuenta. Lo sé porque intenté descargarlos, pero no tenía donde guardar el fichero .ME. Los últimos discos duros dejaron de fabricarse en 2025.

Los muertos, decía. De vez en cuando abro un chat y les pregunto cómo están. O comparto con ellos un enlace gracioso. Cuando entro en Oculus Life, sus avatares me miran con serenidad, pero no se mueven. Tan solo sonríen y asienten, como si estuvieran en una suerte de Paradise as a Service. Entonces los tomo en brazos y los llevo a dar vueltas por Italia, que ya no existe, pero que los de Musk Industries recrearon tan bien que incluso puedo sentarme en el jardín de la casa de mis abuelos. Y hablamos. Bueno, hablo yo, porque ellos no pueden. Les cuento banalidades. Les confieso secretos. Su reacción es siempre la misma. Pero es mejor que salir de casa con la aerosilla y atravesar calles desiertas.

Sabía que todo esto pasaría, que me quedaría solo. Cuando apagué ochenta velas, decidí dejar de leer las notificaciones, en parte porque los iconos con una bandera roja me hacen pensar que mis amigos todavía están aquí, y en parte para no enterarme de qué perfiles iban convirtiéndose en póstumos. No hay jóvenes aquí porque no hay jóvenes fuera. Se han ido todos. La red solo la usamos los viejos, los vehículos y las inteligencias artificiales, como Aldo, mi cartero físico, el único ser que me obliga a usar las cuerdas vocales en estos días. Al igual que mi nevera, también Aldo tiene perfil en Facebook. Me felicita cada cumpleaños y juega conmigo al No Man’s Land y al Doom 9. Me deja ganar, el muy cabrón.

Bueno, voy al grano.

Este mensaje es para ti, arqueólogo digital. Sé que no se lleva esto de dejar datos en herencia a las universidades, pero una vez fui investigador y sé lo difícil que es acceder a urnas de memoria con acceso genético. Cuando el sensor del iHeart deje de registrar mis latidos y me declare desconectado, tendrás 72 horas para reclamar mi clave personal y descargar los datos. Creo que serán útiles. No tengo hijos y prefiero formar parte de OpenHistory que engrosar las filas de los sepulcros monetizados o de las librerías de personajes creíbles de GTA. Eso sí, quiero pedirte un favor: antes de volcar mi vida, deja algunas reacciones en mi perfil. Quiero saber si me llegarán las notificaciones al otro lado.

Si las empresas

…generasen buenos contenidos, no tendrían que pagar por anuncios fáciles de bloquear.

Generar contenido de calidad significa convertirse en mensajero de lo que se hace. Implica ser transparente y tratar el cliente como un ser humano. Conlleva recuperar un modelo de comercio donde yo te digo quién soy y qué hago y tú decides si fiarte o no. No habrás venido a mí porque haya forzado tu atención, sino porque tenías una necesidad y me encontraste.

Si las empresas se tomasen en serio el contenido, no tendrían una web con cuatro archivos PDF y notas de prensa obsoletas, sino sitios vivos donde trabajadores y productos hablan por sí mismos, donde cuentan una historia. Si existes, si trabajas, produces contenido. Muéstralo. Déjame entrar en tu taller. Enséñame cómo trabajas. No seas opaco.

“[Corporate] sites should not be sales-driven but should focus on customer support and service, including detailed product specs and supporting information to facilitate the buying process. In other words: help customers buy; don’t try a hard sell” —Nielsen (1997)

¿No sabes producir contenido? Lo dudo: ser es mejor que SEO. Si quieres, pide a alguien que le eche un vistazo a la usabilidad de tu sitio, contrata a personas que sepan escribir y produce vídeos virales molones. Pero, por encima de todo, haz el ejercicio de preguntarte por qué estás aquí y estás vendiendo lo que vendes. Y luego cuéntaselo al mundo.

En un panorama en el que las empresas ya no pagan por anuncios en los medios, estos aún pueden prosperar como moderadores, filtros o guías. Su valor será evidente tanto para quien vaya a pagar por ellos como para quien sea el objeto de la conversación. En lugar de escribir para atraer tráfico, escribe para explicar, informar y ayudar. Al final la gente apoquinará.

De lo que se trata, al final, no es de matar medios o bloquear anuncios, sino de recuperar una relación directa y honesta entre quien vende y quien consume. Y la mejor manera de tender ese puente es a través de una comunicación de calidad.

Efecto Piqué Todos podemos hablar de tecnología

Me alegra saber que Gerard Piqué escribirá sobre tecnología para la nueva revista de El Mundo. Con 11 millones de seguidores en Twitter (45 si contamos a Shakira), su alcance es mucho mayor que el de cualquier medio de tecnología en español. Cuando aconseje cambiar contraseñas o bajar apps, su mensaje tendrá más eco que las notas de prensa de Microsoft o Google. Y no estamos ante un profano: Piqué es un empresario de videojuegos que ha participado activamente en el desarrollo de su producto, Golden Manager.

Javier Gómez, que ha elegido Piqué junto con otra docena de grandes nombres, ha sido muy inteligente. Ha demostrado que los medios tradicionales, con su capital y reputación, todavía tienen un enorme poder de llamada, pues son capaces de atraer firmas que los medios digitales, en el mejor de los casos, solo consiguen entrevistar una vez (y da gracias). Gran parte de la conversación aún se lleva a cabo en papel. Ya solo por esto los que escribimos aquí deberíamos darnos un generoso baño de humildad.

Hay otro motivo para alegrarse: el nombramiento de Piqué reduce la distancia entre las TIC y el usuario normal. Es más sencillo conectar con una estrella del fútbol que con el empollón remozado que abunda en los sitios de tecnología —¡me incluyo!—. Hablar de tecnología no debería ser coto exclusivo de nadie, ni siquiera de los que llevamos en Internet desde el principio. La tecnología es cultura y pertenece a todos.

Ahora que Piqué ha abierto la veda, espero ver a más personas —famosas y no tanto— unirse al coro y hablar de tecnología en español. Lo necesitamos más que nunca.