Y la app se hizo verbo

Cada vez más aplicaciones usan interfaces conversacionales. Quartz, por ejemplo, te resume las noticias como si estuvieras chateando con un redactor, mientras que Lark te aconseja sobre la dieta a través de un alegre coloquio. Algunas recurren a la conversación asistida, donde la charla sigue un guión flexible y el usuario elige opciones de diálogo, mientras que otras, como Magic, optan por dejarte hablar con humanos. Las empresas chatean incluso sin tener app propia: lo hacen a través de bots de Telegram o cuentas de WhatsApp.

Chatear con aplicaciones no es un avance rompedor —llevamos cincuenta años hablando con máquinas—, pero el software parlanchín tiene ahora una mayor probabilidad de triunfar gracias a la ubicuidad del móvil, que llevamos siempre encima y está perennemente conectado a bases de datos. Chatear, además, se ha vuelto un acto cotidiano: el chat es donde más tiempo pasamos al usar el teléfono. Las empresas, deseosas de acaparar nuestra atención, quieren estar allí y hablar con nosotros como si fuesen un amigo más.

Lo que más me emociona de que las apps se hagan personas es la importancia que cobra el texto, a la vez contenido e interfaz. Las apps más exitosas serán las que tengan los mejores escritores y conversadores. El ingeniero que quería escudarse tras botones y ventanas pasará a ser el impresor de un libro dinámico, una obra de teatro escrita por actores humanos y artificiales. ¿Conducirá esto a un mayor reconocimiento de la labor de quien comunica? ¿Llegaremos a ver guionistas cobrando más que un ingeniero?

Quién sabe. Por lo pronto, recemos para que el móvil no se convierta en una jaula de grillos.

Almas

Un día Elpidio Sánchez halló un alma en la terraza de su casa. No era la suya. Le hubiese sido imposible demostrarlo, pero sabía que esa no era el alma que había perdido a los quince años en una playa en Galicia. Para empezar, la suya tenía un aspecto más azulado. Luego, tampoco tenía sentido que su alma estuviera en la terraza. Quienquiera que hubiese tirado allí un alma tendría sus buenos motivos, pensó Elpidio. Con todo, verla sobre sus petunias le resultaba molesto.

El alma no se movía. La miró un tiempo, indeciso. Finalmente, entró en casa, cenó un plato de sopa de garbanzos y se quedó dormido en el sofá, viendo la tele. El alma permaneció todo ese rato en la terraza, brillando con luz tenue y vibrando con los ladridos de los perros callejeros. A Elpidio no le importó que la pobre pasara frío en la terraza. A fin de cuentas, era un desalmado.

El día después, a eso de las cinco de la madrugada, Elpidio regresó a la terraza con unas pinzas y recogió el alma con delicadeza. La metió dentro de un sobre, que guardó en el bolsillo trasero del pantalón. Y marchó a trabajar en su furgoneta Citroen. En el lateral de la furgoneta estaba el logo de su empresa: una bombilla rota de la que manaban rayos grises, negros y marrones. La empresa se llamaba “Merdilux”.

Un hombre sin alma encuentra trabajo fácilmente. Elpidio Sánchez trabajaba como técnico de iluminación inhumana. Muchos de los sitios peor iluminados de la ciudad eran obra suya. ¿Un salón comedor con luz amarillenta de solarium? ¿Un aula con blanquísimas luces de neón de matadero? Eran sus especialidades. Estropear la luz ambiente de un lugar no era sencillo, pero a él se le daba bien.

Aquel día, sin embargo, no conseguía encontrar la inspiración. La luz no le salía lo bastante depresiva. Lo atribuyó al alma que llevaba en el bolsillo. Pero no podía tirarla. Algo en su interior se lo impedía. Decidió entonces ponerla encima de uno de los focos del teatro en el que estaba trabajando. La aplicó con sumo cuidado sobre el reflector, se aseguró de que no cayera y se fue. 

A día de hoy, Elpidio ya no recuerda nada de todo eso. Pero ese teatro se ha convertido en el favorito de muchos actores secundarios.

La Fuerza dormía a gusto Esperemos que despertarla haya valido la pena

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En su día, el mérito de Star Wars fue el de popularizar un tipo de historias que todos miraban por encima del hombro. Treinta años después, la saga de Skywalker se revive con la naturalidad de una fiesta popular. Como Papá Noel, no se cuestiona, sino que se celebra.

Hoy he asistido a una liturgia renovada para conectar una generación nostálgica con una incapaz de mantener la atención durante más de seis segundos. Se ha tomado la historia de siempre y se ha actualizado con elementos digeribles para un público Crepúsculo.

No tiene por qué ser algo malo. Hay muchas cosas que se le pueden perdonar a una historia bien contada, y la repetición es una de ellas, y en absoluto la más grave. Pero no se le puede perdonar a una historia que, por querer complacer a dos públicos, padece ataques de pánico.

El guión dispara todos los clichés narrativos que están a su alcance, y lo hace a una velocidad que no permite siquiera pestañear. El ciclo del héroe se centrifuga hasta desaparecer. Se quiere contar demasiado. Es como cuando ante un niño aburrido sacas todos los juguetes.

Quien cuenta una historia debe resistir el impulso de dar enseguida todo lo que el público pide. Una buena historia deja que el público haga el esfuerzo de imaginar y acercarse, de entender. Sobre todo, un narrador que vale la pena es díscolo: se hace rogar.

Ahora bien, el Episodio VII no es malo si se toma como un mero trámite: desbloquear un canon y mantener continuidad a la vez que se engendra una franquicia millonaria no es trivial. “Alguien tenía que hacerlo”, confesará un día su director.

Pero quizá hubiera podido hacerse mejor.

Matar un navegador

Apple y Google quieren matar el navegador web de tu móvil.

Lo quieren matar porque es un embudo enorme por el que se pierde gran parte de su negocio, que va ligado al consumo de contenido en las apps, los canales de una televisión que te hace creer que tienes el control. Sin web móvil, todo pasaría por apps que se distribuyen en stores exclusivos. Los márgenes de beneficios serían más jugosos. Y al final, para acceder a ciertos contenidos, tendrías que comprar una cajita tonta. Esto ya está ocurriendo.

Si no pueden eliminar los navegadores ahora, es porque casi todo el contenido que se consume está en el web, no en las apps. Además, el usuario lleva años familiarizado con el navegador, una herramienta conveniente y fácil de usar, y la pide en sus móviles. Luego, hay conflictos internos: muchas actividades de Apple y Google dependen todavía de una relación saludable con el web. Sospecho que hay bandos pro y anti-navegadores en ambas empresas.

La alternativa a quitar el navegador es intentar restarle poder o bien transformarlo.

Hay muchas formas de ahogar el navegador. Apple empezó por la más obvia: al principio el App Store impidió la distribución de navegadores. Hoy se permiten, pero el único navegador por defecto solo puede ser Safari. No solo eso, sino que los navegadores de terceros están sujetos a una serie de limitaciones técnicas que les impiden competir en igualdad de condiciones. Es como ponerle la zancadilla a tu rival.

“Matar navegadores nos hace parecer malos”, debió de pensar Apple. “Quizá es más fácil matar la web móvil”. Con el soporte para bloqueadores de anuncios en Safari, Apple parece tomar el lado del usuario mientras incentiva el éxodo de los creadores de contenido hacia las apps (como News). Notad la inocencia de Firefox, que ha lanzado Focus, un bloqueador de anuncios, sí, pero que solo funciona en Safari.

También Google ataca el navegador, pero no recortándolo, sino convirtiéndolo en un sistema operativo capaz de ejecutar apps de Android y dotado de tienda propia, el Chrome Web Store. Con el app indexing, aspirar el contenido de las apps y mostrarlo en los resultados de búsqueda, permiten que un productor de contenidos ya no necesite una web para ser encontrado. “Ve directo a la app, ¡es lo mismo!”.

Antaño la guerra se luchó entre los navegadores web. Estaba en juego la forma de consumir el contenido y, más tarde, el predominio de unos buscadores frente a otros. La ganó Chrome. Pero ahora la guerra se da entre las app stores, o mejor dicho, entre canales que controlan la creación, distribución y consumo del contenido. En este contexto, el navegador se ha vuelto una amenaza, una antena capaz de sintonizar sin pagar cuotas.

No los han matado todavía, pero los navegadores corren un grave peligro. El web móvil, también. Son veteranos molestos, anomalías históricas, como las define Christopher Mims. Si perdiésemos esas anomalías, perderíamos libertad. No debemos permitirlo.

Fracasa rápido, fracasa mucho, pero fracasa bien

The art of living well and the art of dying well are one.

Epicurus

Supongamos que Gmail cerrase dentro de un mes. Para millones de usuarios sería un desastre. Medios y competidores se afanarían en organizar un éxodo masivo, con herramientas de rescate y tutoriales, pero mucha gente se quedaría atrás, víctima de una disrupción de las que hacen del mundo un lugar peor. Los usuarios perderían datos, dinero, recuerdos. Para Google, en cambio, no pasaría nada: encajaría las críticas y seguiría con la mirada puesta en maximizar beneficios y repartir dividendos.

Damos por sentado que empresas como Google no tienen ninguna responsabilidad, que pueden eliminar productos usados por millones de personas sin tener que rendir cuentas a nadie. “Aceptaste los términos y condiciones”, dicen los enterados. “Si es gratis, tú eres el producto“, añaden los cuñados que leyeron la frase por ahí. Pero cerrar servicios de uso cotidiano no es como retirar un juguete: hay gente que vive y trabaja gracias a aplicaciones como las que tenemos en el teléfono o en el ordenador. Cerrar productos es un asunto serio.

El usuario se encoge de hombros. “¿Qué se le va a hacer?”, comenta. Más que un ciudadano de una nación digital recuerda a un siervo de la Rusia decimonónica, que tolera toda clase de maltratos y adversidades. Es fatalista porque acepta lo que hay sin protestar. Ante los magos que ponen y quitan iconos de sus pantallas siente impotencia. No puede comprender los motivos de los dioses y por tanto renuncia a protestar ante los muros de contención del cliente. Vive con la maleta hecha desde los tiempos del cierre de GeoCities.

El usuario se merece algo mejor. Y el producto, también.

En los círculos de producto se habla de “crear valor“, de evolucionar y adaptarse con rapidez a los cambios para entregar lo mejor en el menor tiempo posible. La conversación sobre “destruir valor”, en cambio, no parece darse, tal vez porque se asocia al tabú del fracaso. Hay que cambiar eso. Hay que idear finales gloriosos. Una graceful exit es una muestra de respeto hacia ese mundo que se quería mejorar. Para dejar una huella, tan importante es la manera en que entramos en escena como la forma en que nos despedimos.