Siri, de lo que no se puede hablar hay que callar Antes de hablar, las máquinas deben aprender el valor del silencio

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Nos encanta hablar con las máquinas. Parecen tener una respuesta para todo. Están disponibles a todas horas. No nos juzgan y no pueden competir con nosotros. Al compararlas con un chamán o un terapeuta, ganan de calle, pues sabemos que están diseñadas para dar sin pedir nada a cambio. Son dioses menores en una caja.

Empezó todo con ELISA, la IA que simulaba ser un psiquiatra. El bot que Creative Labs distribuyó con sus tarjetas de sonido, Dr. Sbaitso, te invitaba a hablar de tus problemas. En Pórtico, el protagonista se explaya con un robopsiquiatra. En THX-1138, los ciudadanos se confiesan ante una IA. Incluso hay robots que reconfortan sin hablar, como PARO.

DR. SBAITSO

Distribuido como una broma, Dr. Sbaitso sigue en la memoria de millones de personas

Por razones que deberíamos preguntar a un antropólogo, a menudo nos resulta más fácil buscar comprensión en las máquinas. Pero eso no significa que hagan un buen trabajo. Un artículo del Journal of the American Medical Association encontró que Siri, Google Now, Cortana y S Voice contestan mal a peticiones de ayuda médica o por violencia.

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Las respuestas de los asistentes virtuales a peticiones médicas (fuente)

Con razón la estratega de contenidos Sarah Wachter-Boettcher lanzó un ataque enfurecido a Apple y compañía, que mantuvo incluso después de que Apple parcheara aprisa y corriendo a Siri. Las respuestas de los asistentes virtuales a peticiones de auxilio serias reciben respuestas pobres, desesperantes o insultantes.

En otras palabras, el smartphone, que se ha vuelto la primera línea de escucha, que se ha vendido como un dispensador de ayuda portátil, falla terriblemente cuando las peticiones se vuelven serias. Apple, Google y Microsoft no parecen pensar que cada vez más personas enfermas, vulnerables o que viven solas usan su tecnología.

I just want it to stop writing off queries as “not a problem.”

I just want it to do what it’s designed to do: look things up for users, rather than say it doesn’t understand and leave them with a dead end.

–Sarah Wachter-Boettcher

Que esto haya ocurrido no creo que se deba a la priorización a la hora de diseñar un producto, sino al profundo ombliguismo de ingenieros que piensan que sus vidas de suburbios son las de todos, que la tragedia no forma parte de la vida de una persona, y que las emociones negativas no son compatibles con un producto que usamos las 24 horas.

¿Cómo se resuelve esto? Podríamos empezar por aumentar la diversidad de perfiles en los equipos que desarrollan apps conversacionales, por ejemplo. Antropólogos, sociólogos, psicólogos, médicos de atención primaria, supervivientes, pacientes… Todos ellos tienen cabida a la hora de diseñar un producto para personas reales (que no abstractas).

Hasta entonces, hasta que las empresas de tecnología aborden problemas humanos desde un enfoque humanista, lo mejor que las inteligencias artificiales pueden hacer es callar, como recomendó Wittgenstein al final de su Tractatus, frase que titula este artículo y que vuelvo a repetir aquí: Siri, de lo que no se puede hablar hay que callar.

Renta Básica de Desesperación O cómo destruir la confianza de los jóvenes hacia las instituciones

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Llevo seis años esperando a que el gobierno me diga si debo devolver tres mensualidades de Renta Básica de Emancipación, la ayuda al alquiler creada en 2007 para trabajadores menores de 30 años e ingresos anuales inferiores a 22.000 euro. La disfruté solo seis meses. Cuando superé el límite de ingresos, cosa que puede ocurrir si un joven se emancipa y se lo curra, comuniqué el cambio y esperé. Un año después me llegó un SMS notificando que debía devolver tres mensualidades porque mis ingresos habían superado por poco el límite. Pero desde entonces no recibí carta alguna, nada con valor oficial.

Si quienes diseñaron la RBE hubieran investigado cómo funciona el trabajo en el sector privado, se habrían percatado de que un límite anual de ingresos no es un criterio razonable para detener una ayuda. Hay una casuística muy amplia que no está cubierta por la ley: un bonus inesperado, un aumento de salario con efecto retroactivo, unas charlas remuneradas, o incluso otra ayuda pueden alterar de forma imprevisible los ingresos brutos anuales. Un trabajador joven piensa en meses, semanas, incluso días. Un año es algo muy difícil de planificar. Yo no lo conseguí: mi 2010 fue bastante movido.

Guardo desde entonces una carpeta llena de instancias, documentos y recibos fruto del carteo a tres bandas con el gobierno central y la Generalitat de Catalunya. En seis años he contactado media docena de veces con el Defensor del pueblo, me he personado diez veces en la oficina de vivienda del barrio a pedir información, y he efectuado tantas llamadas y reclamaciones que he perdido la cuenta. Incluso he enviado preguntas al gabinete de prensa de la consejería catalana de vivienda. Todo para nada: Fomento y Generalitat se pasan la pelota y nadie quiere admitir lo mal que se está gestionando la ayuda.

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Un irónico pasaje del Real Decreto 1472/2007, de 2 de noviembre, que regula la RBE

En esta situación kafkiana se hallan miles de jóvenes. No saben ni cuándo ni cómo el gobierno les reclamará las cantidades que les sirvieron para pagar el alquiler en un país donde la edad media de emancipación es de 29 años -diez más que en Suecia-. Hay quien se aferra a la esperanza de que los gobiernos regionales detengan la tragicomedia; otros hablan de recoger firmas o montar un pleito. Pero la mayoría se ha resignado a esperar la dichosa carta y a enviar alegaciones de inmediato. Nunca devolver una ayuda ha sido tan complejo.

Pensad por un momento en lo que significa ser joven y no poder hacer planes para el futuro porque el peso de una burocracia malnacida y muda podría caer sobre ti de repente y devorar todos tus ahorros y esperanzas. Pensad en lo diabólico que ha resultado ser este pacto llamado RBE, cuyo propósito inicial era hacer progresar toda una generación de españoles y que, en lugar de conseguirlo, ha acabado chupando su energía. Me cuesta imaginar el cinismo de quien, tras comprobar el defecto de la ley, ha defendido su eficacia.

19-03-2016 11-24-56

El gabinete de prensa de Habitatge se encoge de hombros. Leed las demás respuestas

Para todos los afectados es una ayuda que no solo ha salido muy cara, sino que ha roto por completo su confianza hacia las instituciones. Mucho tiempo habrá de pasar antes de que los antiguos beneficiarios de la RBE vuelvan a solicitar una ayuda oficial, si es que antes no abandonan el país y se mudan a otro cuyo gobierno se tome más en serio su labor social. Si los jóvenes antes veían el Estado como garante del estado de bienestar y de la protección del más débil, ahora ya no están tan seguros de ello. Es un daño enorme e irreparable.

Si el mal existe, se parece a la indiferencia de un alto funcionario de Fomento.

Actualización (04/05/2016): he recibido la resolución del Síndic de Greuges. Leedla aquí.

Appdiós

En Play y iTunes hay más de tres millones y medio de apps. Juntas representan más de 250 años de trabajo1. Más: este año los 2,6 millardos de usuarios de smartphones2 gastarán 360 millones de años usando apps, a un ritmo promedio de 200 minutos al día3.

Es mucho tiempo. Son muchas vivencias y memorias. Y son todas muy vulnerables.

El día que los stores desaparezcan, muchas de esas apps se perderán para siempre. En el mejor de los casos, quedarán atrapadas en los backups de sus autores, o en móviles muertos. Desaparecerán como canales de una televisión que no se puede grabar.

Si una app se retira, no solo “desaparece valor”, sino que también se esfuma un pedacito de historia, pues el software es cultura, como los libros o las películas. Cuando le hable a mis nietos de Candy Crush, Instagram o Tweetbot, no podré mostrarles nada.

¿No deberíamos empezar ya a recopilar y guardar los archivos APK e IPA de esos millones de apps? ¿No tendríamos que crear un Archive.org de aplicaciones móviles?

Actualización (17:05): A. Guevara me recuerda que la mayoría de apps importantes conectan a servidores que difícilmente podrían preservarse (efecto GeoCities). Pero quiero pensar que, mientras tengamos el binario, la experiencia se puede emular.


  1. http://lifehacker.com/this-graphic-explains-how-much-time-and-money-it-takes-1735164869
  2. http://techcrunch.com/2015/06/02/6-1b-smartphone-users-globally-by-2020-overtaking-basic-fixed-phone-subscriptions/
  3. http://techcrunch.com/2015/09/10/u-s-consumers-now-spend-more-time-in-apps-than-watching-tv/

Clase mezquina

En estos días de Mobile World Congress y huelga de transportes, se ha armado cierto revuelo tras conocer el sueldo anual de los empleados del metro de Barcelona: €33.000 anuales.

Antes de reaccionar, pongamos la cifra en contexto.

El alquiler promedio en Barcelona ciudad es de €960 mensuales. Los expertos desaconsejan destinar más de un tercio del sueldo neto a la vivienda. Haced cuentas: con un solo sueldo de €33.000 al año, un trabajador debería gastar como mucho €700 al mes, lo que en esta ciudad supone vivir en pisos pequeños, viejos o alejados. Eso sin contar las facturas: la luz ha subido un 80% en los últimos diez años, y tenemos las conexiones a Internet más caras de Europa. Si tienes niños pequeños, hay que sumar una guardería que no baja de 300 o 400 euro al mes. Y así con todos los demás gastos que permiten montar una familia sin la ayuda de los padres.

¿Se sobrevive con €33.000 anuales? Por supuesto. Y con menos. Ahora bien, ¿se puede vivir con comodidad y ahorrar en una de las ciudades más caras de España ganando esa cantidad? No. Hay que renunciar a vacaciones, cenas fuera y otras amenidades que solemos asociar a la clase media, esa quimera que pertenece a eras olvidadas. Vivimos de todas formas en un país donde la mitad de la población no puede permitirse una semana de vacaciones al año y en que un 40% no puede afrontar gastos imprevistos. Eso es pobreza, sin más. Pero también es normalidad, en el sentido de que es el nuevo promedio, la nueva vara de medir.

Me comentan que muchos de los que han atacado a los empleados de TMB son licenciados como yo -de los que España no tiene escasez-. Muchos no llegan a mileuristas. Irónicamente, ingresos de 1.200 euro mensuales son los que la Universidad Autónoma de Barcelona sugiere para cubrir los gastos de un estudiante de grado, lo que deja presuponer que un profesional debería ganar bastante más. Pero en lugar de aspirar a algo mejor y pelear por ello, como hacen los empleados de TMB, los críticos del Twitter, los indignados, arrastran a todos hacia abajo, y no se sabe si es por cansancio, envidia o pura mezquindad.

Mientras, los licenciados aceptamos trabajar gratis. Quizá los gilipollas seamos nosotros.

Reseña: Calm Technology Tecnologia relajada para tiempos interesantes

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Calm TechnologyCalm Technology es un libro importante. Lo es porque rescata valores e ideas que se crearon hace más de tres décadas en Xerox PARC y las vuelve a presentar en un formato que un público ansioso por lanzar productos puede digerir.

La autora, Amber Case, antropóloga y diseñadora de experiencia de usuario, se interesó por el concepto de “tecnología relajada” tras leer los artículos de Mark Weiser, investigador de PARC e inventor del concepto de computación ubicua.

En The Coming Age of Calm Technology, un artículo de 1996, Weiser describe la tecnología relajada en los siguientes términos:

Why is one [tech] often enraging, the others frequently encalming? We believe the difference is in how they engage our attention. Calm technology engages both the center and the periphery of our attention, and in fact moves back and forth between the two.

Lo que significa es que una tecnología relajada no intenta estar en el centro de nuestra atención constantemente, sino que es capaz de apartarse e informarnos de manera sutil. En ese sentido, la buena tecnología nos sirve y se hace invisible, y deja que el protagonismo recaiga en los contenidos, acciones y relaciones que nos interesan.

Kettle

Un ejemplo de “calm tech“: el hervidor de agua solo nos avisa cuando toca

Si la tecnología actual fuese como la describió Weiser, el libro de Case tendría poca razón de ser, pero resulta que la realidad es muy diferente: estamos rodeados por decenas de dispositivos y aplicaciones mal diseñadas que tratan nuestros limitados recursos mentales con tiranía. En palabras de la autora:

We are not bad at technology, technology is bad at us

O dicho de otra manera:

When a technology forces a low-resolution update into the high-resolution space of your full attention, it wastes your time, attention and patience.

Por eso, ante lo que percibe como un momento crítico —miles de millones de dispositivos conectados que pronto inundarán el planeta—, Case se encarga de destilar el pensamiento de Weiser en ocho principios actualizados y universales, aplicables al diseño de cualquier producto que procese información:

  1. La tecnología debería requerir la menor cantidad posible de atención
  2. La tecnología debería informar y tranquilizar
  3. La tecnología debería hacer uso de la periferia [atencional]
  4. La tecnología debería amplificar lo mejor de la tecnología y lo mejor de la humanidad
  5. La tecnología puede comunicar, pero no necesita hablar [Siri, va por ti]
  6. La tecnología debería funcionar incluso cuando falla
  7. La cantidad correcta de tecnología es la mínima necesaria para resolver el problema
  8. La tecnología debería respetar las normas sociales [hey, Google Glass]

La primera parte del libro, dedicada a la explicación de estos principios, es la más filosófica y la más subrayable. Los argumentos de Case apelan a la antropología y a la psicología, dos disciplinas que tienen mucho que decir sobre la interacción hombre-máquina. Es una mirada simple y efectiva, nada ingenua.

A person’s primary task should not be computing; it should be being human.

El resto del libro, que contiene ejemplos, consejos y ejercicios útiles para aplicar los principios de la tecnología relajada en el trabajo, se recuerda menos, pero se usa mucho más, y concluye con recomendaciones que podrían darse a cualquier profesional de la era digital, ya sea un UX designer o un estratega de contenidos.

Ya solo por el hecho de contener un condensado de “pensamiento PARC”, este libro debería ser de lectura obligatoria para quien diseña hardware y software. Y es que a veces los libros que empujan la civilización hacia delante son hábiles operaciones de arqueología intelectual.