Infraestructuras

Los lugares abandonados, los recovecos oscuros y polvorientos, los espacios angostos por donde pasa el cableado y los tubos de neón. Los trasteros ocultos, los quioscos cerrados, los armarios elevados y llenos de viejos papeles. Los últimos bancos del metro, los refugios de los túneles, las buhardillas remotas y mohosas, los conductos de ventilación.

Todos esos lugares seducen mi mente.

Son el refugio ideal para huir de lo obvio y del brillo idiota de los demás. Nadie les presta atención: es como si no existieran. Sin embargo, ahí están, proletarios del urbanismo, soportando en silencio el peso de lo bello, de lo que hordas de pirañas fotografían hasta la náusea cada verano. Lugares para el no-recuerdo, invisibles, feos, necesarios.

Desprenderse

Estar cansados de la propia carne, de las burdas limitaciones del cuerpo. Yo odio el cuerpo, su lentitud, su hambre, su necesidad de calor. Me siento un títere de la neurotransmisión, atrapado en una vaina predecible, en busca de estímulos que me permitan seguir sonriendo.

Es este cuerpo, en plena guerra civil, el que intenta matarme en su tiempo libre. Y entonces me debato, pataleo, camino con furia hasta que el dolor muerde mis tobillos y corta mis labios. Cuántas veces he deseado arder en un estallido de luz, desintegrarme y ser respirado, consumido, quemado.

Cuántas veces he querido ser uno con el viento.

Genética, capital de riesgo

Esta mañana cayó en mis manos un ejemplar de Muy Interesante en el que campeaba el siguiente titular: “Genes que traen de cabeza: Varias empresas ya ofrecen análisis para conocer la propensión congénita a sufrir esquizofrenia y trastorno bipolar”. Me apresuré a buscar el artículo en el interior: era bastante menos sensacionalista. Hablaba, eso sí, de una empresa americana, Psynomics, de la que examiné la web por encima. Como en otros casos, el de Psynomics me olió a marketing agresivo de factoides.

Psynomics – empresa fundada por el doctor John Kelsoe, de la Universidad de California San Diego – vende análisis moleculares al precio de cuatrocientos dólares. La empresa envía un kit de recolección de saliva que procesará luego en su sede, otorgando el resultado directamente al médico. Se preocupan por afirmar que:

There is no definitive test for psychiatric diagnosis. Genes may increase the probability that you have a given illness. A positive test means you have a higher probability of having bipolar disorder. You can have the GRK3 gene and not have bipolar disorder – but you have a higher likelihood of doing so than another person without the gene.

El gen GRK3 está relacionado con mecanismos no bien conocidos que afectan la neurotransmisión beta-adrenérgica. En un artículo publicado en Molecular Psychiatry, de Barrett, Kelsoe y colegas (2003) se presentaron evidencias a favor de la importancia de este gen en relación al Trastorno Bipolar. Para Psynomics es el artículo clave sobre el cual basar la validez del producto. Los resultados se volvieron a confirmar en 2007, siempre de la mano del co-fundador de Psynomics, Barrett. No hay datos sobre el GRK3 en población asintomática. Y los dos haplotipos investigados sólo se presentan en un tercio de las familias.

El resultado es interesante, y un buen paso en la identificación de los genes implicados en los trastornos mentales. Los cuales – recordémoslo – son fenotipos muy complejos, poligénicos y con fuerte carga ambiental. Casi nunca los estudios de este tipo consiguen replicarse de forma satisfactoria (por métodos, poder estadístico y poca homogeneidad del fenotipo), así que conseguir los resultados de Barrett y Kelsoe es motivo de alegría en genética de la conducta. Ahora bien, ¿qué hicieron los autores una vez replicado su propio estudio? Montaron una empresa que promete a grandes letras un diagnóstico seguro de trastorno bipolar. Con dos huevos. Excepto en la letra pequeña de las preguntas frecuentes.

Sin embargo, un artículo de un importante equipo británico de genetistas de la conducta, en el año 2006, no encontró asociación significativa entre el GRK3 y el trastorno bipolar. Las evidencias presentadas por Psynomics no ofrecen un diagnóstico seguro (ni mucho menos). Kelsoe y cía han optado por aprovechar el miedo de la gente, la ignorancia de los periodistas y el prestigio de la genómica para ganar unos cuartos. La llamaría publicidad engañosa, si no fuera que toda publicidad lo es en cierta medida, y que algún que otro trocito de verdad sí que hay en el producto. La intención es encomiable, y quizá en el futuro sepamos mucho más acerca de la componente genética de muchas enfermedades (para diagnóstico precoz, por ejemplo; no hace falta meterse en berenjenales bioéticos); pero los datos a disposición no permiten hacer nada de ello aún. La risa, eso sí, me entra cuando leo lo siguiente en la hoja de productos de Psynomics:

Initially, Psynomics will limit its testing to those patients already exhibiting symptoms to help confirm the genetic cause and the risk of developing bipolar disorder. The company will not test individuals who have no symptoms but want to know their likelihood of developing bipolar disorder.

Lo cual viene a decir que el uso de los kits es confirmatorio: el médico del paciente que paga los 400 pavos puede así disponer de unos interesantes datos de validez cuestionable para hacer malabares con el diagnóstico. Y de paso la empresa sigue recogiendo datos para ulteriores estudios. Resulta interesante leer la hoja de consentimiento informado (incluida la tabla donde se cruzan los resultados genéticos y los psiquiátricos). Básicamente es la pera: se paga mucho dinero para un test que no aporta apenas información y que no sustituye el diagnóstico de un especialista en salud mental. No me digáis que no es divertido.

Para seguir leyendo sobre la cuestión, en inglés, os recomiendo el artículo Gene Tests for Psychiatric Risk Polarize Researchers, de Jennifer Couzin, publicado en Science en enero de este año (cuando Psynomics sólo había tenido doce clientes, estaba buscando venture capital y quería alcanzar un target de 1800 análisis).

PD: Gracias a BioMaxi por comentar conmigo los artículos mencionados.

Desperate Users

Una tranquila tarde de verano. Un parque. Dos mujeres abrazaban a sus maridos, apoyados en sendos regazos. Una de ellas acarició la superficie metálica del suyo, haciéndolo ronronear por la rejilla de ventilación.

– No puedo quejarme de George, la verdad – dijo con dulzura y orgullo.

La otra miró a su propio marido: algo más anticuado tal vez -no demasiado- pero cumplía a la perfección lo que se pedía de él. Además tenía ese gracioso botón que no servía para nada: lo hacía único, irrepetible.

– ¿Ah sí? ¿Y también da energía a la casa? – preguntó con una vena maliciosa. La amiga desgranó los ojos y se apresuró a extender una tubería de un lateral, como quien saca un cubierto de un cajón.

– Unos tres kilovatios. Las baterías duran treinta años. Te aseguro que es energía limpia.

– No será uno de esos modelos rusos que…

– ¡Ja! Ni hablar, – cortó ella, – este es acero americano al cien por cien. – Tras decir esto dio unas palmaditas a la caja con una sonrisa de revancha.

Ambas mujeres encontraron natural reírse tras ese comentario. Se ajustaron el pelo, coquetas. Qué tontas somos, pensaron.

– Te confieso que… bueno, a veces Steve no es todo lo satisfactorio que quisiera – dijo la esposa del trasto viejo. La otra se puso seria. Apartaron ambos maridos en un rincón, dejando que interaccionaran a través de la interfaz de datos.

– Es un problema más común de lo que imaginas… – comentó la otra.

– Si fuera sólo una cuestión de eficiencia, aún podría estar a gusto. A fin de cuentas sin ellos no podríamos trabajar. ¿Quién cuidaría de nuestros embriones? ¿Quién llevaría la contabilidad de la casa?

– ¿Y qué me dices de las predicciones meteorológicas? O del control de los autómatas.

– El mío no hace eso, – contestó resentida la mujer de Steve.

– Es que mi George es de segunda generación. Le puedo aumentar la capacidad con sólo… – hizo el gesto de meter y sacar una tarjeta holográfica, con evidente incomodidad. Rompió a llorar.

Los maridos seguían pitando en voz baja, moviéndose ligeramente sobre pequeñas ruedas. Uno de ellos había sacado una antena. Estaban a gusto. La mujer de Steve se acercó a la de George, tendiéndole un pañuelo.

– No pasa nada… no pasa nada… no eres la única que tiene a una tostadora en la cama – dijo con media sonrisa y una nota de amargura. La mujer de George seguía sollozando.

– Más bien una nevera… una jodida nevera… ¡míralo! ¿Te parece que les importamos? Ellos ahí compartiendo datos, alegrándose de estar funcionando. Y nosotras aquí… soportando la carga de ser orgánicas. ¡No es justo!

La otra bajó la mirada, asintiendo. No podía sentir más que empatía por su amiga. Era una situación tan común. Intentó decir cosas constructivas, de esas que se sueltan encogiendo los hombros y poniendo cara de “No sé de qué hablo”.

– ¿Has probado con… terapia de pareja? – preguntó. La otra dejó de llorar, apretando el pañuelo contra los labios.

– Es la tercera vez que lo llevo a que le restauren la BIOS. Chequeos del hardware. Nada.

– A lo mejor es cuestión de hablarlo con él y…

La mujer de George negó lentamente con la cabeza.

– Su lenguaje tiene un tipado muy fuerte. Me saca de quicio. La jodo con la sintaxis cada dos por tres… es como chocar contra un muro. Ya es mucho si sé cambiarle los colores.

– Figúrate… mi Steve no sabe otra cosa que COBOL – dijo mirando a su marido con ternura resignada.

Un silencio largo. Pájaros piando. Maridos haciendo sonar pequeños servomotores.

– Sencillamente me equivoqué. Debí haberme juntado con un pelafustán cualquiera, uno de esos gigolós con pistón hidráulico. La casa iba a tenerla hecha un asco, sí, pero al menos hubiese disfrutado más.

– No seas tan negativa. No todo es tan… mecánico. También están los pulsos neurales.

– Tal vez. ¿Y si me divorcio? Dios mío, no puede ser que lo esté pensando en serio – dijo la mujer de George, apretando los dientes y tapándose los ojos con el pañuelo, reducido ya a un jirón húmedo.

– No seas tonta. Recuerda lo que te dijeron al comprarlo: “Si no queda satisfecha…”

– “…le devolvemos el dinero”. Lo sé. Creo que será lo que haga. Y si me ponen trabas, lo subastaré. Eso es. Tengo una nevera donde poner a mi descendencia. Saldré adelante.

– ¿Y dejar que una mujer menos afortunada cargue con él?

La mujer de George, con los ojos aún mojados, miró a su marido. Contemplo las formas cúbicas, ensambladas con cariño. Los movimientos adorables de la antena y los destellos de los LEDs. Pero algo en su interior ya había muerto.

– Siempre será mejor que uno de carne y hueso.

Castigo Divino

Hace tiempo que olvidé mi verdadero nombre, y aunque lo supiera sería inútil. Es suficiente con decir que soy un dios.

No es una frase irónica. He sido condenado por la eternidad a ser el dios del pequeño y desierto planeta KD392919, mi celda esférica de 12.000 kilómetros de diámetro. Soy el único habitante de esta estéril masa de silicatos. Y no puedo salir de ella. No sé por qué estoy trazando estas palabras sobre una placa basáltica grande como Wyoming: nadie las verá nunca. Nadie se asombraría, en todo caso, de mi relato. Pero el deseo de comunicar es demasiado poderoso, y yo estoy demasiado ido como para dejar de cavar canales con mi dedo.

Dejadme que os cuente primero algunos detalles. Tal vez así lo comprendáis mejor.

En un momento indeterminado el Gobierno Interdimensional decidió crear un nuevo y perverso tipo de pena para quien cometiese delitos particularmente graves (como los de pensamiento). Quien conociera la complejidad y el carácter inhumano de una burocracia que se extiende por todas las dimensiones posibles y por los recovecos mismos de la psique no se sorprendería en absoluto de sus estrafalarios gustos en cuanto a orden público. La medida, dadas las características de los legisladores, se aplicó hacia el pasado y hacia el futuro en todos los flujos temporales.

Esta pena, decidieron por unanimidad, consistiría en relegar al reo a uno de los infinitos planetas desiertos que componen el Multiverso, dándole inmortalidad y poderes absolutos dentro de su yerma y despoblada jurisdicción. El condenado no podría abandonar nunca el cuerpo celeste, ni tampoco comunicar directamente con el exterior. Hasta la fecha han sido creados millones de dioses como yo, y la mayoría ha optado por suicidarse haciendo saltar por los aires el núcleo planetario. Sí, son esos preciosos destellos que veis en vuestros telescopios.

Ser un dios cautivo es como estar en una pesadilla recurrente, infinita y dolorosamente real, sin despertares y sin más monstruos que uno mismo.

Al principio uno siente un ligero y amargo optimismo y piensa que puede modificar a placer su destino. Se pone manos a la obra y, negando su impotencia, empieza a probar los nuevos e ilimitados poderes. Miles de veces he modificado la orografía de los continentes, despedazado montañas con un abrir y cerrar de ojos, cavado túneles de un lado a otro de la superficie, hecho explotar volcanes, secado y vuelto a llenar océanos, amasado torres imposibles hasta los límites de la estratosfera, y un largo y mitológico etcétera. Así una y otra vez, durante milenios.

El placer que puede hallarse en este patio de recreo, sin embargo, deja muy pronto de ser algo satisfactorio. La sonrisa torcida inicial se convierte en una mueca de aburrimiento y desesperación. He estado muchísimo tiempo sumido en la apatía, y en un sueño peor que la muerte, maldiciendo mi condición, mirando el cielo parduzco y tóxico desde el fondo de un cráter creado por mi caída. El peso de la soledad se vuelve doblemente intenso. Cuando el pequeño dios se percata de que su poderío no es nada sin un público, y que la soledad es un yugo insoportable, entonces todo se vuelve vacío y sin sabor. Muchos, como os dije, no soportan la perspectiva e intentan matarse desmembrando el planeta que le ha sido asignado.

Intentando desmarcarme de la mayoría he emprendido un sendero constructivo. Con un tiempo ilimitado a disposición he experimentado con los elementos, pensando en cómo crear vida. No tenía mucho más que hacer, excepto dedicarme a la masturbación geológica. Así que a partir de los primeros caldos primordiales, con mucha paciencia, intenté cultivar diminutas poblaciones de bacterias y algas. He invertido gran parte de mi tiempo en esta tarea, y aunque no esté seguro de que vaya a obtener algo útil al menos dispongo de un pasatiempo. Superados mis instintos más rabiosos, voy dándome cuenta del valor educativo de la pena infligida. Veo con otros ojos la malicia de quien me desterró aquí.

No ha sido fácil, pero empiezo a sentirme rehabilitado.

Puede que dentro de algunos miles de millones de años, después de una espera durmiente, consiga tener fieles. Para aquel entonces tendré por fin alguien a quien achicharrar o ahogar bajo un diluvio. Y esa perspectiva, francamente, basta para llenar de esperanza el corazón de un dios.