En tierra extraña

Las nueve y media y el autobús seguía sin aparecer. Manuel se levantó del banco de madera y se desperezó bajo el viejo nogal que hacía de techo para la única parada del pueblo. Volvió a mirar el móvil: sin cobertura. El camionero que le había recogido en Zaragoza ya le había avisado de ese pequeño inconveniente. Así y todo, Manuel quiso bajar. Para regresar a casa, debía tomar ese bus.

-Día de mierda- le dijo al mundo. Y no ha acabado todavía, pensó.

Hacía dos horas que esperaba allí, a las afueras de Arenilla, Huesca. Veinticinco habitantes, según el cartel. No había visto ninguno. Pero sí había visto cuervos, y también algo que parecía un buitre. A su alrededor, la Nada: campos sin labrar y manchas de bosque seco. Muy a lo lejos, montañas anónimas. No es lo que yo definiría como un paisaje bucólico y pastoril, meditó.

Oyó un zumbido y giró la cabeza: un par de luces aparecieron allá donde la carretera comarcal cambiaba de rasante. Al cabo de unos segundos vio que se trataba de una furgoneta blanca, una vieja C15. Se felicitó a sí mismo por haber reconocido las luces cuadradas. En el silencio de aquella tarde incluso llegó a reconocer la música que provenía de la furgoneta. Sonaba como algún gran éxito de la canción melódica española.

La furgoneta pasó rápido. Dentro, un solo pasajero, que no pudo ver. En el lateral, una inscripción en tipografía Comic Sans, “Reparaciones Galindo”, y la caricatura de un albañil de mandíbula prominente con algo que parecía una bota de vino en la mano. O una cabeza decapitada con sangre manando por el corte. Realmente hubiera podido ser una cabeza, pero no podía estar seguro. No quería estar seguro. Estaba cansado y la furgoneta había pasado a cien por hora. A la luz de ese atardecer oscense, una bota manando vino podía parecer una cabeza cortada. Aunque las botas de vino no suelen agarrarse por los pelos.

Se cerró la chaqueta; empezaba a hacer fresco. Incluso en Junio, en ciertas zonas pueden soplar brisas de las de encoger los huevos. Fue entonces, a eso de las diez menos cuarto, cuando percibió el cartel pegado a la marquesina de la parada. Se acercó para leerlo. Era de Reparaciones Galindo. Claro. Una lista de servicios. Qué guay. En este agujero de comarca todavía hay gente que necesita que le desatasquen el lavabo o le arreglen un enchufe.

Una lectura rápida. Un escalofrío. Otra lectura, ahora despacio. Quería estar seguro, aunque una parte de él rezaba porque fuese un error tipográfico. Pero no, no había ningún error.

        Reparaciones Galindo

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–   Pintado de pisos y locales
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Debajo, una hilera de papelitos recortados con el teléfono, de los que puedes arrancar y llevarte medio cartel por error. Solo quedaba uno, manchado con algo que parecía grasa. Mientras luchaba por mantener la calma, Manuel no supo determinar si lo que más le desconcertaba era ese Te mataré o el hecho de que hubieran arrancado ya once papelitos.

A la mierda. A la mierda, a la mierda, a la mierda. No voy a quedarme en este pueblo un minuto más, gritó en su cabeza mientras se daba la vuelta y empezaba a caminar por la carretera en la dirección por la que había llegado. El otro pueblo más cercano estaba a unos veinte kilómetros. Tendría que pasar la noche allí. Un mal menor.

Faltaban diez minutos para llegar al cambio de rasante cuando oyó un zumbido familiar a sus espaldas. Las luces altas de un coche. Luces cuadradas. El vehículo se acercaba a cuarenta por hora, sin prisa. Cada vez más audible, una canción. Manolo Escobar.

allá en tierra extraña,
ya nadie reía, ya todos lloraban.
Oyendo esa música,
allá en tierra extraña…