Retirarse

Cabe reconocer, aún a regañadientes – pues uno se ha criado en el seno de una sociedad occidental – que la retirada es algo bueno. La retirada, que no la huída, ni la fuga. La retirada: el repliegue voluntario hacia posiciones pretéritas, más seguras. Retirarse para sobrevivir. O también para reorganizarse, recuperarse, tomar fuerzas para dar otro golpe más certero.

¿Quien dijo que la retirada es sinónimo de cobardía? El puñetero que escribió eso no estaba en el campo de batalla. El general que lo afirmara no respiraría el tiempo suficiente para gritarlo a los cuatro vientos. Plantarse y dejarse aplastar no es una muestra de valor, sino de estólido masoquismo, estupidez táctica, heroísmo fútil. No retroceder tiene cierto atractivo romántico, concedido: las fuerzas inferiores mantienen metafóricamente la firmeza en sus ideales frente a los grandes y a los injustos. Y bla, bla, bla.

Mas eso lleva a pensar que tal clase de firmeza es asimismo testarudez, dogmatismo. También ceguera, o falta de flexibilidad. ¿Dónde está entonces el valor del quedarse en la batalla? Sólo si no queda otra alternativa la lucha de quien está acorralado es inevitable. O cuando toca defender a quien es incapaz de escapar. Pero, en otro orden de cosas, plantarse a sabiendas de la derrota próxima es desear el propio fin, inmolarse, suicidarse a lo grande, ruidosamente. Claro que cada uno cree elegir su final. Y algunos optan por la épica.

Sin saber que la esencia de la épica no es morir, sino vivir muriendo.